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Hace
poco tuve la ocasión de deambular por uno de los campamentos del Frente
Popular Francisco Villa en Iztapalapa con ocasión de la Feria de la Salud
organizada por Manos que Ayudan, I.A.P.
Con
vergüenza he de confesar que hacía tiempo no entraba en contacto directo
con estos ambientes de suma pobreza en los que antaño tanto contacto
llegué a tener.
Volví
a ver a estas buenas gentes hacinadas en sus casas que no son tales; esas
viviendas de pieza única de a lo sumo 3 X 5 metros y techo de cartón
embreado; esos cuartos en que deben vivir hasta 6 ó 7 personas.
Volví
a ver esos hábitat omnímodos: cocina-comedor-dormitorio-sala de estar,
que por su pequeñez impide tener el mobiliario mínimo indispensable y
obliga a compartir la cama con otras dos o tres personas; que obliga a
comer sentados en el borde de la cama; que hace inevitable la promiscuidad
y la ausencia total de privacidad para vestirse o que los pequeños dejen
de ver lo que sus papás hacen cuando creen que ellos duermen.
Volví
a ver la ropa colgada en los clavos de la pared y medio tapada por una sábana
(imposible perder el espacio que ocuparía un rudimentario ropero). Volví
a ver las clásicas micas azules con los documentos familiares
(certificado de boda, boletas de la escuela, actas de nacimiento y...,
para de contar) guardados debajo del colchón junto con alguna falda o
pantalón que necesitan mantenerse “planchados”.
La
reflexión acudió espontánea a mi mente. “Si la mayoría de los niños
de Hogares Calasanz proceden de estos ambientes ¿qué educación les
estamos dando?”
Concretando:
¿hasta que punto debo tener por desidia el que los niños de hogares no
acomoden su ropa, duerman vestidos, metan sus ‘cosas’ debajo del colchón,?
Esto es lo que siempre han vivido. Es
lo normal para ellos.
Las
personas que venimos de otros ambientes nos parece que los hogares están
“patas arriba” cuando para los niños están “muy bien acomodadas
casi todas las cosas”. A nosotros nos parece del todo impropio guardar
las cosas debajo de la cama y para los muchachos es lo más útil pues se
ahorra espacio.
No
exagero mucho. Los educadores de Hogares Calasanz y los niños que
atendemos juzgamos la realidad desde ópticas distintas. Y también es
cierto que los educadores de Hogares queremos que nuestros muchachos
progresen social y culturalmente; que sus vidas se dignifiquen, que como
personas se valoren por lo que son.
La
sociología (y el Evangelio) nos enseña que para cambiar a un grupo
social, para dignificarlo, no se puede influir sobre él desde fuera; no
se puede generar cambio ni evolución con la postura de que yo sí sé lo
que te conviene y necesitas, yo sí tengo una cultura superior que te
quiero enseñar y compartir; no se puede uno siquiera acercar a la gente
si se cree mejor que ellos.
La
sociología (y el Evangelio) nos enseña que para generar cambio en un
grupo social este cambio debe nacer en su propio seno (ser levadura que
dice el Evangelio).
En
Hogares Calasanz, pues, debemos partir de la misma cultura de la pobreza,
considerada como un valor en sí, y desde ella motivar a la gente, a los
muchachos, para que sean agentes de su propia promoción y progreso. Y
esto es largo. Y mientras dura el proceso el hogar se parecerá más a una
de esas viviendas de los campamentos de Iztapalapa o a la recámara
rentada en una vecindad del centro histórico.
Y
mientras pasa eso deberemos seguir haciendo equilibrios malabares para que
comprendan nuestras razones y explicaciones los donadores, benefactores,
voluntarios y los del DIF, que sólo ven el desorden y les cuesta aceptar
que estemos educando. Pero no podemos caer en la tentación de dejar de
educar adecuadamente para presumir de institución modélica “en su género”.
Tampoco
podemos pasar por alto el grave peligro que corren todas las
instituciones: hacer de los muchachos unos institucionadictos,
es decir, enseñarles una forma de vida, proporcionarles unas
comodidades, que cuando salen de la institución no van a encontrar, con
la consiguiente crisis y frustración. No olvidemos que la inmensa mayoría
de nuestros muchachos, cuando dejen los Hogares Calasanz, aunque se hayan
superado, tengan estudios y las heridas sanadas, irán a vivir a un cuarto
de vecindad o a una vivienda parecida a las que vi en el campamento del
Frente Popular Francisco Villa.
No
podemos propiciar que nuestros muchachos no soporten vivir “fuera de
hogares”, como aquellos presos que cuando alcanzan la libertad luego,
luego, vuelven a delinquir no por incorregibles sino porque necesitan
regresar al reclusorio pues “ya no se hallan, no soportan vivir” fuera
de él.
Por
lo demás, a lo bueno todos nos acostumbramos rápidamente. Así que, si
nuestros muchachos con esfuerzo y trabajo progresan económicamente no me
cabe la menor duda que sabrán vivir muy adecuadamente en su nueva condición
social.
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