|
1972, tal vez 1973. Es un verano. Vacaciones. En un
baldío.
Después de un maravilloso encuentro con niños, intenso a
ellos, intenso a Él.
Cuando el primer grupo de chavos de la calle está
integrado ya en el hogar primero, cuando su modo de actuar es una
interrogante permanente a mi entendimiento, a mi espíritu enraizado en Él,
llamado por Él, en un retiro me decidí.
Una vez asegurados mis hijos en la casa, con Dolores, la
tía amorosa,
me fui a vacacionar a mi baldío.
Mi baldío. No hace mucho fui de nuevo allá, todavía
existe.
Mi baldío.
Mi Cristo.
El Cristo del baldío.
Fui al baldío para encontrarme con Él.
Yo aún no lo sabía. Después de unos días el gran desafío.
Mario lo dijo:
“Yo creeré que eres sacerdote si dices misa en esa
Iglesia”.
“¿Por qué ahí?”.
“Porque de ahí siempre nos corren”, fue la respuesta.
Fui, no sin antes invocar al Padre mío. Me acerqué al
señor cura, le pregunté:
“¿Podría decir misa?”.
Me miró de arriba abajo, de hito en hito.
Llevaba yo varios días en la calle. Me había lavado la
cara, las manos, mas la ropa, la figura toda apestosa, traslucía el baldío
en el que estaba.
Su mirada de asombro fue creciendo.
Al final respondió: “Mire señor, las misas se apuntan
allá”.
“No”, dije yo, reafirmando mi posición primera.
“Yo vengo a decir misa, soy sacerdote”.
Para aliviar la duda del señor párroco le hablé en latín,
que no te escribo aquí para no hacerme pedante. Le dije en la lengua del
ayer, el misterio amoroso de hoy.
Después de oír mis latinas razones, de explicarle el
porqué de mi figura, de cómo vivía en la calle con los niños callejeros, me
pidió, en correcto español, por mis papeles.
Le contesté, libre ya de los latines, diciendo así:
“Si trabajo con ellos en la calle, no voy a ir con mi
veliz con todos mis papeles. No llevo. Pero mire, falta casi una hora para
la misa de 11, que es la siguiente, mi superior vive en tal lugar, (le di
los datos), le puede llamar, le dice que soy un señor pelón, barbón y muy
sucio. Con estas señales le dirá: -“Sí, es él”.-
Todavía dudaba, me miró y me espetó la pregunta:
“¿Y la dignidad del sacerdocio?”.
Lo miré con ternura y le respondí con el Cristo mío, el
Cristo del baldío, el sin nido.
“Y la dignidad del Hijo Eterno del Padre, que baja de lo
alto del cielo, se hace hombre y exclama: “los pájaros tienen sus nidos, las
zorras sus madrigueras, el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su
cabeza”. Cuando Jesús se levantaba después de dormir en un campo de aquella
tierra llena de polvo, como era Hijo de Dios, la túnica le quedaba limpia y
sin una arruga. Aquí viene Jesús, tal como vivía en su tierra, usted me lo
mira de arriba abajo, y le dice:
“¿No tiene...”.
No me dejó terminar, me dijo:
“Diga misa”.
Que bella misa aquella. Aún recuerdo a ellos, los
corridos del templo, allá en primera fila, ahora los dueños. El Cristo del
baldío, el sin nido.
P.
Alejandro García-Durán de Lara, escolapio.
|