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Hogares Calasanz
Educación alternativa con los niños de la calle
Escolapios de México
No. 21
Año 4
julio - agosto de 2004
www.calasanz.org.mx
informacion@calasanz.org.mx
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El verano es un tiempo intenso en los
Hogares Calasanz. Es una temporada de intensa actividad para convivir,
para aprovechar el tiempo libre, para arreglar las casas, para conseguir
los útiles escolares del próximo curso, para las inscripciones en las
escuelas y para recibir voluntarios que vienen a apoyarnos.
También, como en esta
ocasión, tenemos alguna reunión de tíos para capacitarnos y tomar
decisiones que enriquezcan la atención que reciben los chicos en los
hogares. Para esto tuvimos el apoyo de la Universidad Cristóbal Colón
que nos recibió en sus instalaciones y, como siempre, nos proporcionó lo
necesario para llevar a cabo nuestra reunión. Muchas gracias.
También agradecemos a
nuestros superiores, el P. Fernando Hernández, P. Emmanuel Suárez y P.
Juan Antonio Domínguez por su presencia y aportaciones para el mejor
funcionamiento de nuestra obra.
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Una experiencia desde las Californias
Jaime Núñez Tafoya, Sch. P.
Desde años anteriores, los escolapios de la
Viceprovincia de las Californias se han interesado en que sus formandos
puedan experimentar unas semanas de trabajo y vivencia en los hogares.
La realidad de los niños de la calle no
es un problema sólo de Veracruz, o de la Ciudad de México, sino de todo
el país y de muchos países del mundo entero. Ante esta realidad, nuestra
viceprovincia, se preocupa y no ha descartado la posibilidad de dar
respuesta al problema de su entorno. Actualmente se trabaja en un
proyecto de hogares en la ciudad de Tijuana, el cual se mira con
ilusión.
En Baja California hemos tenido casas
de acogida en nuestras propias comunidades para los niños que vagan sin
rumbo. En nuestros apostolados, concretamente en Mexicali, hemos
trabajado hasta la fecha en el Consejo Tutelar de Menores, donde
palpamos la realidad de la niñez marginada.
El CAOBA (Casa Hogar para Varones) es
un centro que acoge niños callejeros. Nuestra participación en ese
centro, dirigido por el DIF municipal, es de catequesis y de actividades
recreativas. Invitamos a los niños a visitar nuestra casa una vez al
mes, ahí participan de la Eucaristía de la Familia Calasancia. Misa que
celebramos por tradición cada último viernes, en compañía de aquellas
familias simpatizantes de nuestro ministerio. Al final todos compartimos
los alimentos.
Pensando en lo que hasta ahora han sido
nuestras actividades pastorales y en las posibles obras del futuro,
nuestra viceprovincia ve y apoya con interés de servicio el que sus
religiosos puedan conocer más de cerca la realidad de algunos hogares ya
existentes.
Gracias por esa oportunidad que se nos
da es posible descubrir un campo laboral que interpela nuestro
compromiso de pobreza, castidad y obediencia, además de aquel cuarto
voto que da sentido a nuestro ser escolapio: Educar a los niños y
jóvenes, principalmente los más desprotegidos, en la Piedad y en las
Letras.
Nuestro carisma fue inspirado por Dios
a San José de Calasanz en una realidad concreta de los niños callejeros
de su tiempo. Nuestro carisma nació en la calle y, desde entonces, las
Escuelas Pías son hogares, y nuestros hogares deben ser escuelas para
los niños de la calle.
Desde una perspectiva quizá limitada
por una muy corta experiencia de trabajo en los Hogares Calasanz de
Veracruz, comparto mi vivencia con los niños y adolescentes de este
lugar.
El saber que viviría una experiencia de
este tipo siempre supuso un reto y un cierto temor para mí. Lo poco que
pude relacionarme con niños de la calle, en mi estancia en Mexicali, me
hacía tener una idea de los que sería compartir unas semanas con los
chavos de aquel hogar. Además, en este caso, la experiencia implicaba no
sólo visitarlos, sino vivir con ellos, ser un “tío” del hogar. Conocer
la casa, sus normas, los muchachos, los tíos, los servicios existentes,
la colonia, etc., fue la tarea de la primera semana, sin que por ello
hubiera hecho a un lado mi responsabilidad asignada desde el primer día
en que llegué al hogar.
Desde
entonces, mi presencia ha sido de acompañamiento en todas las tareas que
los muchachos realizan. Por estar en tiempo de vacaciones es necesario
buscar actividades que los puedan tener ocupados. Pero no todo mi
trabajo es jugar fut-bol, es necesario también practicar la paciencia a
cada momento, tratar de educarlos entendiéndolos. Una tarea muy difícil
y responsabilidad del tío. Muchas veces lo he pensado y por eso admiro
aún más a quienes desgastan y han desgastado su vida llevando de la mano
a tantos niños que se podrían haber perdido. Es un reto ser escolapio
cuando hay que llevar la escuela a la calle, siendo también, a su vez,
la calle un escuela.
Muchas veces me he sentido impotente ante alguna
situación concreta de los muchachos, mas no por ello me siento
desanimado. Cada experiencia del día, de cada momento, me interpela e
impulsa a una preparación, a conocerlos más, a buscar mejores formas de
actuar. ¿Qué pedagogía o qué metodología podría solucionar el problema?
No dejo de pensarlo, pero luego me doy cuenta que este pensamiento es
ya impaciencia y mejor respiro. Pienso en nuestra historia y en nuestra
propia identidad como institución. Tiene sentido nuestro ser escolapios,
hay mucho trabajo por hacer, nuestra misión es de lo más noble y
necesaria.
La experiencia en los hogares me ha hecho pensar en
la comunidad. Creo que, de alguna forma, he aprendido a valorar un poco
más el aspecto comunitario propio de nuestro ser religioso. Me he dado
cuenta que no me gusta rezar solo, me falta la comunidad, falta con
quien compartir las propias vivencias.
Termino mi experiencia con nuevos rostros en mi
mente y con un interrogante que quisiera convertir en oración. Termino
agradecido con la Escuela Pía por permitirme conocer más a fondo su
misión y a Dios le pido que haga fecunda la semilla que sembró en mi
vida.

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En hogares encontré el mejor modo
de servir a Dios en los niños
Oscar Rafael Rodríguez Rivera, Sch. P.
Éstas fueron la palabras que durante algún tiempo
estuve repitiendo antes de re-ingresar al prenoviciado.
Por espacio de un año (2001-2002) tuve
la oportunidad de “trabajar” en los Hogares Calasanz de Veracruz, y lo
pondo entre comillas porque cuando haces algo con entrega amorosa no te
sabe a trabajo y, por consecuencia, lo haces de forma desinteresada.
Podría compartir que fue una
experiencia que me gustó mucho, que disfruté el juego con los niños, que
aprendí, que valoré... en fin, pero me gustaría confesar que fue el más
grande impulso de mi vocación.
Te cuento un poquito mi historia.
El 21 de agosto de 1999 entré al
prenoviciado en Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala, con 6 compañeros más,
muy entusiasmado, con mucha ilusión, pero en la primera crisis... ¡zaz!
Decido salir. Esto fue en enero del 2000.
Pero, afortunadamente, el Señor no me
soltó y continuó enviándome signos del llamado a servir. Fue así como
inicié mi etapa de trabajo en el Colegio Cristóbal Colón de Veracruz,
durante un año. Ahí descubrí que el Señor me continuaba llamando para
servir a los más necesitados. Ahí entendí que los más necesitados no son
sólo los pobres, ya que había chavos de buena posición económica pero
muy necesitados de escucha, cariño y respeto. Esa fue una etapa muy
enriquecedora para mí, pero tuve que dejarla.
Mediante el P. Marco Antonio Véliz decidí tomar
este reto de ir con los chavos que habían estado en la calle.
Pero el león no es como lo pintan.
En agosto de 2001 comencé a tratar a los chavos y
ellos me van enamorando del carisma escolapio de los hogares
Al principio fue difícil tratar con
ellos, ganarme el respeto y la confianza, pero, gracias a Dios, se dio.
Algo que siempre traigo en mente es la
palabra mágica por donde inició el enamoramiento: “tío”.
Cuando entendí la magnitud de esta
palabrita decidí aceptar el rol de un tío, de un educador, de partírmela
por ellos y para ellos, de dar mi tiempo. No regalar unas horas, sino
preocuparme aún fuera de las “horas de trabajo”. Vencer mi yo, mis
necesidades y prioridades y ver las de ellos.
Fue tan rico poder compartir los
alimentos con ellos, aún cuando no tenía cubiertos. Comíamos en platos y
vasos de plástico, huevo diario. Pero cuando se tiene amor te vale la
comida que sea con tal de platicar un momento con ellos acerca de cómo
les fue en la escuela. Esa era la mejor paga que podía tener.
Una de las más grandes satisfacciones
que me dieron, fue que aprendieron a comer todos juntos, como familia
que somos, de esperar a quien no estuviera y, después de esto, dar las
gracias por los alimentos.
Hoy en día ya no estoy viviendo
físicamente en un hogar, pero continúo teniendo comunicación con ellos.
Cuando voy de vacaciones no puede faltar la visita a la casa y, claro,
la reta de fucho.
En agosto del 2002 reingresé a la Orden
de las Escuelas Pías. Recuerdo que el último día en el hogar les dije:
No me voy por no los quiera, al contrario, porque los quiero me voy a
prepararme.
Después de vivir un año de prenoviciado
y un año de noviciado, el 17 de julio de 2004, el Señor me consagró para
sí.
Y hoy, mas que nunca, quiero trabajar
para los niños de los hogares, porque vale la pena vivir enojos,
desvelos, enfermedades, cansancio, desesperación, “decepciones”,
alegrías, experiencias gratas, excursiones, boletas aprobatorias, un “te
quiero tío”, un abrazo sincero, una confidencia y tantas y tantas cosas
tan gratas que se experimentan.
Muchacho, muchacha... te invito a arriesgarte a
vivir esta apasionante tarea de educar y educarte con estos hermosos
niños que día a día te entregan su corazón.

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Una carta del P. Margalef
29 de agosto de 2004.
Queridos/as:
Estamos empezando un nuevo curso
escolar. Todos tenemos muy buenos propósitos de sacar el año; de no
dejarnos dominar por la flojera; de asistir a clases; de no ocasionar
desorden en el salón de clases… Ojalá cumplan con todas estas buenas
intenciones.
Los que van a continuar en la
misma etapa: primaria, secundaria, bachillerato, estudios superiores, ya
saben cómo es la cosa. No tendrán más dificultades que en años
anteriores. Hay que echarle ganas, estudiar, participar en las
actividades. Así pasarán año satisfactoriamente. Así crecerán como
personas: cuanto más sabes más humano te haces.
Los que empiezan una nueva etapa
van a experimentar situaciones nuevas que pueden provocarles cierta
inquietud:
* pasar de primaria
secundaria implica tener que adaptarse a una nueva dinámica escolar.
Ya no van a tener sólo un maestro/a, sino a varios profesores; hay que
acostumbrarse a las exigencias de cada uno y aprender que cada uno tiene
su propio carácter. También los niveles de estudio son más altos y
exigen un poco más de esfuerzo y dedicación. Lo hermoso de la secundaria
es que uno va tomando conciencia de que se deja de ser niño para
convertirse en muchacho e ir construyendo, paso a paso, el hombre del
mañana ya cercano.
* pasar de secundaria a
bachillerato no suele ser tan inquietante como el ingreso a la
secundaria. El sistema escolar tiene casi el mismo patrón. Sin embargo
la exigencia en los estudios es mayor; pero como ya son unos jovenazos
que ya han superado bastantes “preocupaciones normales” de la pubertad y
adolescencia, anímicamente están más tranquilos y pueden dedicarse con
mayor empeño al estudio. La dificultad más típica es el experimentar que
uno “no tiene suficiente base”, que los otros saben más y cuesta seguir
el ritmo que marca el profesor y el grupo; esto lo experimentan más los
que han estudiado la secundaria en sistemas abiertos.
Mis hijos/as, si experimentan
alguna de estas dificultades, no se echen para atrás. No son los
primeros que las experimentan. Ahí es donde deben demostrar que están
hechos de “buena madera”.
Me consta que ustedes son bien
listos; lo que no saben lo pueden aprender. En Hogares encontrarán quien
les ayude, quien les explique lo que no entienden.
No es humillante pedir ayuda.
Con unas cuantas “clases extras” se pueden poner al nivel deseado en la
materia que lo necesiten.
Les deseo un feliz inicio de
curso y un mejor final. ¡ÁNIMOS, USTEDES PUEDEN!
Un abrazo a todos/as. Les
quiero mucho.
P. Josep Margalef Isern, Sch. P.

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