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Invitamos a todos nuestros lectores a sentirse parte de esta visita a una de las casas de los Hogares Calasanz de Puebla, la casa más grande, donde viven los más pequeños. Niños y educadores nos hablan de sus experiencias, de sus gustos y de sus sueños. Y, para el próximo número, ante las preguntas frecuentes de ¿cómo podemos ayudar?, ¿qué podemos compartir con los Hogares Calasanz?, les daremos a conocer una lista con algunas de las necesidades de nuestras casas. Disfruten las experiencias, reflexiones y fotografías que les compartimos en este número. Un saludo afectuoso al Sr. José Bello, a nuestros amigos de la Parroquia de Progreso Nacional, al P. Claudio Marinucci de Roma, y a todas las personas que nos apoyan con su tiempo, cariño y generosidad.
Nacimiento que armaron los niños de los hogares en la Capilla del Pedregalito, D.F.
De visita por uno de los hogares de Puebla El frío es intenso, como pocas veces se siente en la Ciudad de Puebla. La lluvia de esta noche hace que el frío tenga a casi toda la gente envuelta en chamarras y bufandas, o encerrada en sus casas. Los niños más pequeños de los Hogares Calasanz son vecinos de los padres escolapios en la colonia San Baltasar Campeche. Sólo hay que cruzar dos calles. Adentro de la casa no hace frío. Todavía está puesto el nacimiento en la sala, con su paxtle, sus borregos, sus pastores, su portalito, la Virgen, San José, el Niño y un letrero de diamantina sobre un cartón oscuro que dice “Feliz Navidad”. La Navidad no se quiere ir y parece que todavía permanecerá en esa casa durante unos días más. Los niños juegan y muestran sus regalos. De uno por uno se acercan a presentarse con su nombre, con la edad que tienen o con la que les gustaría tener, con el grado escolar en el que van o en el que les gustaría ir. El primer valiente para la entrevista es Pablo, de 11 años, estudiante del cuarto de primaria en la Escuela Calasanz. ¡Me gusta jugar fut bol! Suficiente. Hay que seguir jugando con los otros. Yo soy Esteban, de 12 años, me gusta jugar fut-bol, básquet-bol y … voy en la Escuela Profesor Fausto Molina, en tercero. Me gusta salir a jugar. Mis amigos son Isaac, Alan, Juan Carlos y uno que le decimos el Mono. De comer me gusta el guisado y el caldo de verduras que hace la tía Reina. El turno es para Otoniel que ya tiene un buen rato en la fila de espera. Tengo 11 años, voy en la Escuela Profesor Fausto Molina, en 6º, ya el próximo año me voy a la secundaria. Me gusta jugar fut-bol en la escuela y en la barranca que está aquí cerca. De comer, algo rápido, una sopa. De grande quiero ser futbolista profesional, policía o manejar las combis (transporte público). Se acerca Enrique, de 8 años, a él le gusta jugar fut-bol, estudia en la Escuela Calasanz, con la maestra Gloria. En la escuela le gusta estudiar matemáticas, dice que es fácil y nos cuenta que hace todas sus tareas. Uno de los más pequeños es Marcelo. Yo quiero ser un chef porque me gusta cocinar y sé hacer hamburguesas. Me gusta el pollo rostizado. Me gusta jugar con las pistolas y carros. Esta pistola avienta un rayo láser pero no tiene pilas. Rodrigo, de sexto grado. Me gustan las matemáticas. Jugar en las canchas de la escuela donde voy: Profesor Emiliano Zapata (Sic). Mi maestra se llama Alicia. De grande quisiera ser futbolista o bombero. Misael de 9 años. Me gusta jugar con los coches. De comer me gustan los chilaquiles. Lo que más me gusta del hogar es que nos llevan a la escuela. De grande quiero ser policía. ¡Ah! Y de la televisión me gusta ver “Atrévete a soñar”, es un programa en el que salen cantantes. Un pequeño grupo se reúne en la biblioteca de la casa para recordar cómo celebraron la Navidad pasada. Los más pequeños y los más grandes se quedaron en Puebla, los medianos fueron a la Ciudad de México a convivir con los niños de allá. Comentan los que se quedaron en Puebla: En Navidad hace frío y todos se juntan para cenar. Aquí hubo piñatas y la cena y nos divertimos mucho. Comentan los que viajaron: El jueves llegamos al D.F., nos llevaron a jugar a CU (Ciudad Universitaria), compartimos una gelatina con un niño que está enfermo y no podía cenar con nosotros porque se tenía que dormir temprano. Luego nos llevaron a misa y arrullaron al bebé. De regreso a la casa nos dieron dulces a la entrada, cenamos muchs cosas en la casa y nos dormimos hasta la una. Al otro día nos llevaron al bosque de Chapultepec. Marcelo se sienta en el suelo, junto a su cama, y coloca enfrente de él sus regalos. Después pide que le tomen una foto a sus carritos. Da las gracias y baja las escaleras corriendo para seguir jugando con los demás. El turno es para los grandes Soy Concepción. Estoy en los hogares desde hace ocho años. Esto ha sido una gran experiencia que ha cambiado mucho mi vida. He aprendido mucho de los hogares y de los niños. Este tiempo me permite que aprenda cada día más de la vida y de mis errores. Estoy haciendo una maestría en psicoanálisis infantil. Es un proyecto muy importante para mí. Gracias a los hogares tengo una beca. Estudiar esto requiere de mucho esfuerzo y dedicación. Soy una tía que se formó en los hogares, a nivel profesional y personal. Lo que más me gusta es que somos una familia. Los hogares compensan la soledad de los tíos, somos personas solitarias. Por nuestro tipo de trabajo no tenemos mucha vida social. Yo llegué aquí después de que decidí dejar el convento. Nunca había trabajado y una de mis amigas me envió por fax una convocatoria de los hogares. A mí no me convenció esto al principio. Se trataba de trabajar con niños y yo nunca lo había hecho. Dejé pasar un mes. Pensé que alguna persona ya había ocupado el sitio y vine sólo por no dejarlo pasar. Al otro día me recibieron: ya estás en los hogares. Una semana de prueba y me quedé. Yo traía una buena disciplina del convento, era organizada y esto me sirvió mucho aquí. Lo difícil: No era un trabajo de entrada por salida como yo esperaba… había que vivir aquí. Una experiencia dolorosa Hace cuatro meses se me accidentó uno de los niños. Lo atropelló una moto aquí a la vuelta. Vinieron a avisarme y cuando lo vi tirado en la calle pensé que se había muerto. Se llena uno de culpas… “quizá no lo cuidé bien”… difícil pero afortunadamente no tenía nada. Por otro lado, vi muchas personas vecinas diciéndonos: ¿en que ayudamos?, ¿a dónde lo llevamos? Personas que nunca habíamos visto. Afortunadamente estaba bien, sólo lo tenían ahí sin moverlo por precaución. Expectativas Creo que los hogares pueden ofrecer más a nivel emocional, no sólo en lo físico, en darles casa, sino en mejorar mucho lo que les proporcionamos en su desarrollo. Nos quejamos de lo que la sociedad los maltrató pero… Quisiera que ellos pudieran sentirse cada vez más como personas valiosas, a pesar de lo que hayan pasado antes. Que puedan ser todavía más felices. Que al crecer puedan valerse por ellos mismos. Un detalle, hoy mismo Se nos acabó el agua potable. Uno de ellos dijo Yo voy por garrafones, yo conozco al señor. Yo, un poco incrédula, le dije ¡ve! El niño salió y, cuando regresó, mi sorpresa fue que traía tres garrafones llenos en un diablito. Para un adolescente de su edad no lo creí posible. Gracias a él hoy tenemos agua. Parece algo simple pero, por detalles como éste, vale la pena estar en los hogares. El siguiente José Guadalupe Álvarez Rodríguez, religioso escolapio de votos solemnes. Ahora me encuentro en los Hogares Calasanz y soy profesor de 5º grado en la Escuela Calasanz. Lo que más me gusta es convivir con los niños, aprender de ellos, de su transparencia, de su bondad. Me agrada la cercanía con ellos, convivir, ir a jugar, ir al terreno, escucharlos expresar sus vivencias, poder estar ahora con ellos y aprender. Esto ha significado para mí reafirmar mi vocación escolapia sobre todo en la entrega y en la clarificación de cómo hay que vivir el carisma de San José de Calasanz. En una ocasión reuní a todos los niños de las tres casas para ir a limpiar el terreno recreativo. Un niño, antes de que estuviera todo listo, prendió el motor de la bomba de agua y el agua, que salió a presión, aventó al que sostenía la manguera. Todos gritaron que lo apagara. Apagó el motor. Pero otro, que no se había enterado de lo sucedido, que lo vuelve a prender. La manguera volvió a aventarnos agua con lodo. Hubiéramos compartido más experiencias pero había algo más importante: la rosca de reyes ya tenía demasiado tiempo en la mesa y los tíos llevaban demasiado tiempo platicando de sus cosas en el comedor. Por fin, uno de los pequeños entró y preguntó: ¿Les falta mucho? No hubo ni una palabra más. ¡A cenar! Para terminar, un poema de Florencio Ulibarri
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