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Te parece lector un tanto
extraño este título: El Cristo del Chinchachoma.
Como te lo mereces te doy
la explicación.
Un día estaba hablando
con Él y exclamaba: DIOS MÍO, DIOS MÍO, y me dijo una persona: “de
todos, no? Porque también es mío”.
“Sí y no”, le
exclamé, es de todos pero la relación de Él con cada uno es única,
personal, propia. Como que Dios no creó un mundo para los hombres, sino
un mundo para cada uno de los hombres.
Por ello el Cristo es mío,
porque nació, vivió y murió por mí, con un amor total y personal por mí.
Es mío por que a través
del camino del vivir, balbuceo de Eternidad, Él se ha ido comunicando de
una manera personal conmigo a través de una serie de personas, de amigos,
de encuentros con Él, etc. etc.
Me dirás, ciertamente
tiene todo el derecho. Pero si yo también puedo hablar de mi Dios o de mi
Cristo, ¿por qué me escribe su libro hablándome de su Cristo?
Es el deseo de compartir
contigo la realidad de ese mi Cristo mío. Sí, esto es este libro, una
comunicación dentro de lo posible de mi visión de Cristo para que tú la
compartas, la superes, o, tal vez, para que a través de esta lectura,
puedas encontrarte con Él.
Él sabe.
Capítulo I. El Escupido
Una de las características
de mi Cristo, de las más relevantes, es que está escupido.
Hay una anécdota de
Murillo, que viendo a un maestro pintar un Cristo maravilloso le dijo que
cómo podría él pintar muy bien y le respondió el pintor: Ama mucho
lo que pintes. Pues Murillo amó mucho a María y la pintó.
Sólo he pintado un cuadro
del Cristo. Es el Cristo Escupido.
Tiene la cara tapada (los
ojos) y el rostro lleno de salivazos.
Recuerdo que cuando lo
estaba pintando un niño se acercó al cuadro y quiso quitar la venda de
los ojos; (pintaba) o pegaba la venda.
Como no soy pintor, recurrí
al gran remedio y pegué la venda en el cuadro.
No, no es un Cristo bello.
No, no es un Cristo hermoso, pero ¡qué Cristo! Firme, potente, la cabeza
recta, como quien es dueño de la situación, y está vejado, escupido.
Este es mi Cristo. EL
CRISTO ESCUPIDO.
Sí ya sé, me dirás
lector amigo, que por qué me fijé en este pasaje de la Escritura. Que
por qué doy y empiezo mi visión del Cristo Escupido como la primera.
Ya verás, ya verás,
sigue atento.
Un día, me acuerdo, me
acerqué en el Consejo Tutelar de Menores a los niños y les hice una
encuesta. Mis encuestas son curiosas y vivenciales y, entre las preguntas,
una muy importante fue ésta “¿A cuántos de ustedes les han
escupido en la cara?”
Levantaron la mano unos 15
ó 20, un porcentaje de aproximadamente un 10 a un 15%.
Estaban escupidos. Les
dije: A Jesús lo escupieron, y saben por qué?”
No sabían responder, uno
dijo: “Porque nos han escupido a nosotros”.
“Sí, así es, porque
les han escupido a ustedes, porque los ama”.
He visitado muchos y
variados penales y cárceles desde el tiempo de mi seminario y, desde que
conocí a mi Cristo Escupido, siempre pregunto: “¿A cuántos los han
escupido?”, y siempre me encuentro algunos parejos a mi Cristo que
también los han escupido, normalmente los pobres.
Me gusta decirles, “te
amo a ti porque te escupieron y te pareces a mi Dios, a mi Jesús Escupido”.
ES BELLO.
Una vez en un sermón a
gente muy, muy religiosa, les estaba anunciando mi Cristo y les dije:
“Mi Dios da asco, es
como una mierda, de la que todo el mundo huye, se parece más a un gusano
que a un hombre” (esto dice la Escritura).
“Mi Dios, mi Cristo
está escupido, es un rey de burla y de pitorreo. No sé si ustedes
conocen a Jesús, pero quiero que sepan que está escupido y da asco de
ver. Mucha gente se va de su lado porque lo quieren ver en un trono, pero
no lo quieren ver escupido y les pasa como al bueno de Pedro, que lo
niegan”.
Querido lector, primera
característica de mi Cristo.
Es el Cristo Escupido.
P. Alejandro García-Durán, Sch. P.,
Chinchachoma

Niños
del Hogar de Veracruz. |