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Veinte
siglos. Un instante. Garibaldi.
Hierve
la plaza con el nocturno bullicio de la vida, del ansia de vivir, del gozo
en la quimera intensidad, bullicio.
Cenamos
10, 12 niños y el que escribe.
Ansiosa,
voluptuosa, ansía una presencia.
Se
pega a mí, el hombre desnudo sube y baja, se mueve la niña.
Quinceañera.
Una
ansia, ansia total. La miro, se ha hecho paso en medio de los niños y está
muy pegada al lado izquierdo mío.
Es
bella. Miro hacia lo alto y oro en silencio.
"Padre,
no me vayas a dejar caer en tentación".
El
instinto primero, el deseo de ella, el eco en el deseo mío, desaparece.
Nace
amor.
La
miro de nuevo, sin responder a su ansia, a su llamado.
Se
entristece la niña, me dice:
"¿Padrecito,
a mí no me quiere?"
En
el centro amoroso de mi alma nace un grito, una protesta que se hace ira y
se expresa en grito. Fijos los ojos en ella, exclamo: "¡TE
AMO!".
Razono.
La gente se volteó. Los miro compadecido. Le dije a mi niña: "Ves
todos estos que se han volteado, que te miran, ninguno te ama, sólo
buscan tu cuerpo.
Yo
te amo a ti".
Me
dirigí a los niños que asistían al encuentro amoroso y les dije:
"Espérenme aquí. Vengo en media hora, una hora, no sé".
Tomé
a la niña de la mano y nos fuimos.
Todo
su ser, su mirada, era una interrogante, como que se decía, qué va a
pasar. Qué es esto?
Fuimos
a un lugar un tanto exclusivo (por lo del precio). Una mesita, dos sillas,
un encuentro.
Había
allí sobre la mesa una lucecita para engendrar oscuridad, misterio.
La
aparté, yo necesitaba claridad, era claridad.
Mis
ojos enfrente de los suyos, tomé sus manos entre las mías,
la
miré con ternura y le dije:
"Dios
te ama, yo te amo" (éste es mi anuncio, ésta es mi buena nueva).
Me
miró asombrada, como quien no comprende, me preguntó:
"A
mí me ama?. Usted no sabe lo que yo hago?".
"Ya
me lo imagino", le contesté. "¿Por qué?", le pregunté.
"Mi
mamá me vendió cuando yo tenía 10 años":
"5
años de puta", pensé yo.
La
comprensión, misericordia, visión amorosa de Dios se concretó en una
pregunta:
"Y
tú ¿qué podías hacer?".
El
mirar de la niña abierto al mundo en ansia y en reclamo, en búsqueda, en
interrogante permanente se dirigió hacia adentro, misterio del amor, y se
vio pura.
Me
miró, ansia de liberación, asombro.
Una
respuesta.
"Nada".
Después
de afirmar de que no podía hacer nada se vio pura, víctima y me miró
con ansias nuevas, desde la inocencia mancillada.
"Padrecito,
sáqueme de aquí."
El
ser puro, vejado, era libre, era amor, hizo el milagro de que la puta sea
virgen.
Mi
niña.
Mi
puta virgen.
Si
vas por Garibaldi no la busques, ya no está allí.
Y
ten cuidado con quien te juntes, no mancilles una virgen.
Luego
le dije: "Dáme tu bendición".
Me
respondió: "Padrecito, no se burle. Usted si puede bendecir que es
Padrecito. Yo ¿qué bendición tengo?".
"Tú,
una que yo no tengo".
"¿Cuál?"
preguntó asombrada.
"Pues
la de la venta".
"¿Cómo
la de la venta?".
"Sí,
al Cristo lo vendieron".
"A
poco", dijo ella.
"Sí,
lo vendieron en 30 monedas de plata".
"¿Cómo
a mí?", preguntó ella.
"Sí,
como a ti", le respondí. "Una esclava, una vieja, en tiempos de
Jesús costaba eso, 30 monedas de plata".
La
niña reía, se sentía amada.
El
Cristo estaba con ella, aún añadí más.
"¿Sabes
cómo lo vendieron?".
"No".
"Con
un beso".
"¿Con
un beso?", preguntó. "¿Cómo a mí?".
"Sí,
con un beso. Se acercó Judas y lo besó. El beso fue la señal".
"¿Cómo
a mí?". Era la niña un gozo del alma al sentirse amada con su
historia toda.
"Jesús
se quejó. No, no se quejó de la venta, se quejó del beso".
"¿Con
un beso me entregas?"
Me
miró. "Ah, pues sí puedo bendecirte, Él está conmigo".
Me
arrodillé.
Ella
me dijo: "Sí puedo bendecir, pero yo no sé cómo".
Le
respondí:
"Muy
fácil, se levanta la mano y se dice: "que Dios te bendiga en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", mientras se hace
la señal de la cruz".
Me
bendijo.
Me
bendijo, oh Dios.
Ahora
lector, al revivir esa bendición del Cristo mío, siento en mis entrañas
lo que sentí aquel día. El Dios es vivo, el Dios que entra o surge en lo
profundo de la entraña mía.
Entiéndeme
lector lo que te digo: Mi Cristo es la puta. Mi Cristo está vendido cual
carne humana. Mi Cristo es cual esclavo. Siento lo inmenso de ese amor
divino.
Mi
Cristo, el escupido, está vendido.
P. Alejandro García-Durán, escolapio.
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