La calle

 

Calasanz Chinchachoma La calle e-Revista Comentarios Ver comentarios

 
Los Hogares Calasanz proponen y son una alternativa educativa que ayuda y revalora al niño y adolescente de la calle como ser humano capaz de ser un agente de cambio social.

 

La calle, lugar de luces y de sombras. De mañana tu ruido se deja escuchar con los primeros pasos de hombres apresurados saliendo y llegando a sus destinos; van con sentido, van sin sentido, a todas partes. Ojos adormilados, ojos que aún no ven, ojos que no quieren ver... El movimiento, la prisa, el tedio, la rutina de un día normal, de un día como otros se abre ante la angustia y la incertidumbre de lo que vendrá. En tus entrañas conviven el sueño y la desesperanza, la ilusión y la realidad, la alegría y el llanto, el deseo y el límite. Pasos agigantados de gente que es uno más de muchos; donde alguien es nadie, donde otros son ajenos, sonde vivir y morir luchan por llegar primero; donde unos son pocos. Pasos que buscan, pasos que encuentran... Calle, lugar de glorias y derrotas.

            De tarde, rostros cansados, rostros que clavan la mirada en donde no sé dónde... Los semáforos de la esquina conducen al ansia, nuevamente a la pista; todos quieren llegar primero, el de atrás siempre quiere estar delante, como si ganar u minuto de prisa equivaldría ganarle un minuto al tiempo. En la esquina, transeúntes esperan continuar el camino, como si el verde y el rojo estuvieran impregnados en el actuar del hombre. Todos se ignoran, pocos se miran, nadie voltea a ver a nadie. Todos se mueven con movimientos programados, repetidos, acostumbrados. El ruido parece acompañar el desenvolvimiento de la vida ante unos oídos acostumbrados a oír, mas no a escuchar. Los árboles permanecen inmóviles, testigos perennes que sobreviven sobre el asfalto, decorando con sus verdes ramas marchitas el pasar de los autos y de aquél que se dice hombre, no persona, en donde pájaros ingenuos llegan a reposar por un breve rato para volar al instante, a no sé dónde... Nadie los mira, nadie los oye. El viento ha levantado el polvo de los pasos, nadie lo siente, todos se cubren para no salir manchados

 


Al caer la tarde, el sonido de los televisores escapa tras las ventanas que dan a las aceras de las calles; ruidos monótonos que dictan el paso de las horas, del tiempo; de idas y vueltas en la marginación y en el olvido, de rutina y monotonía, de entregar la existencia al olvido. La noche poco a poco va sucediendo al día.

La luz de un bello opaco deja una estela de luces artificiales que se van encendiendo a lo largo de las enormes y pequeñas avenidas. Los hombres van disminuyendo en las calles, sólo quedan aquellos que deben cumplir con el vaivén de las grandes ciudades; aquellos en justa distribución deben velar el sueño de los que se los velaron durante el día. Los motores poco a poco van permitiendo que el silencio sea dueño de la calle. La esquina que de mañana lucía arrogante ha dejado paso a la ausencia de luz. Ya nadie corre, todos por una extraña razón esperan su turno; tampoco hay transeúntes, sólo queda el reflejo de las sombras, de los que estuvieron, de los que fueron, de los que no volverán a ser igual, de los que serán mañana.
En Hogares Calasanz enseñamos a nuestros niños a mirar todo lo que en su alrededor gira. A mirar y observar la grandeza de una flor, la gota de agua que cae del cielo, la mariposa que se posa en el árbol verde y frondoso, a mirar la hierba del campo, a jugar con los colores, a decir palabras, a gustar lo sabroso de la vida, a contemplar las estrellas, a disfrutar del calor y del frío, a pasar noches enteras dibujando paisajes con pinceles y acuarelas, a aprenderse la tabla del tres y recitar la lección de mañana, a peinar los cabellos rebeldes, a lavar la ropa llena de travesuras, a tomar la escoba y dejar más sucio de cómo encontraron, a tender la cama, a dejar en su lugar el oso de peluche, a saludar a la gente que ayuda, a hacer bien la señal de la cruz, a cuidar las pelotas y los juguetes, a decir te quiero y gracias, a cuidar los cuadernos y plumones, a curar las heridas, a mirar a los otros como iguales a secar la lágrima de los ojos, a mentarle la madre a la vida y después pedirle disculpas, a reclamarle al tiempo los años perdidos, a perdonar al padre y a la madre, a robar ahora sueños y no sólo dinero o comida, a dormir sin tener miedo, a conquistar detalles, a disculpar al otro niño, a gritar el sufrimiento que se lleva dentro, a caminar con los pies seguros, a amar en la desesperanza, a conquistar montañas, a vivir y dejar vivir a otros, a ser hombre, persona y hermano, a cuidar al perro y a tratarlo con cariño, a sonreír con ilusiones dentro, a abrazar sin tener que rendir cuentas, a salir a un día de campo, a saber decir no te quiero, a alegrarse de los triunfos del otro, a comer pastel con ansia y repetir otro poquito si sobra, a hablar del Creador y la criatura, a soñar sin falsas utopías, a ser hombre auténtico..., a vivir con sentido sin reclamos infundados, sin hacer diferencias, sin culpables, sin deseo de venganza. Convivimos ayudándonos a crecer unos con otros. No hay grandes ni chicos, maduros e inmaduros, partimos de la base de estar abiertos a la vida, a aprender todos los días a ser personas.

 

En la vida todo tiene sentido, y todo sentido tiene un punto de partida y un punto de llegada.

 

En Hogares Calasanz el nuestro es redescubrir a la criatura más bella y más hermosa que se esconde tras la cara sucia y ropa ennegrecida; a la ternura de la criatura más bella y por bella más grotesca de una mirada perdida entre el olor penetrante de un producto que hace olvidar el hambre y las penas; a la vida que se esconde tras el rostro de muerte y derrota de una humanidad perdida que no sabe a dónde va; al niño que juega en la calle, que ríe en la calle, que se duele en la calle, que sobrevive en la calle. Nuestro sentido es encontrar al Dios vivo que se esconde tras la negación de lo mejor que lleva el hombre dentro de sí mismo.

         Amor de predilección jamás de exclusión; amor pleno, incondicional; amor libre; amor con sentido. Amor que dice Nosotros cuando afirma el amor de Dios. Amor que se hace niño para convertirse luego en hombre. Amor a uno mismo traducido en amor al prójimo, amor que sabe decir te quiero sin otros nombres más que el de las pequeñas acciones de a diario. Amor que no evita el obstáculo, ni el error o el equívoco sino que lo enfrenta. Amor que se vuelve Hogar con correcciones y aplausos, con llamadas de atención aunadas a la felicitación del “qué bien lo has hecho”. Amor que se vuelve vida, vida para vivirla con sentido. Amor que es herida, herida de humanidad, vivida en soledad y silencio. Amor incomprendido, amor mal expresado, amor para dar y recibir, amor que conduce al perdón y a la misericordia. Amor que sabe a ternura, a ternura de niño, de niño que no debe estar en la calle porque un Hogar es su sitio.

         En Hogares Calasanz nos gusta soñar con los pies en el suelo y mirar al cielo. Entre allá arriba y aquí abajo se esconde el Reino de los Cielos. Un Reino que no es estructura social sino gozo, presencia, dicha, alegría, felicidad, fiesta, fraternidad, juego, risas, carcajadas, emoción plena, abrazo, paz... Un Reino que puede comenzar aquí y ahora si se está dispuesto a ver la gota de agua y la estrella, la hierba y la flor, el pez y el ave, el hombre y la mujer, son heridas y sin resentimientos.
 

Para mayores informes con relación a HOGARES CALASANZ favor de contactar informacion@calasanz.org.mx

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