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Me
enseñaste la libertad de los hijos de Dios por tu manera de vestir, de
hablar, de escribir, de relacionarte con unos y otros, con los de arriba y
con los de abajo. Me enseñaste la verdadera libertad cuando gritabas con
los presos: ¡iexci; soy libre!
Me enseñaste a mirar el corazón de las personas, no de sus
apariencias, ni títulos, ni dinero, ni cargos… no si están tomados o
drogados o ejercen “malas profesiones”. Me enseñaste a respetar la
persona.
Me enseñaste aquello de que las prostitutas irán delante en el
Reino cuando nos hacías descubrir el diamante escondido bajo el
excremento de la vaca. Basta leer tu libro “Mis siete amadas mujeres públicas”.
Me enseñaste a perdonar cuando te escuchaba hablar y veía cómo
tratabas a las personas que a tu parecer habían intentado destruir la
Obra. Y no había ni pizca de rencor en palabras y gestos.
Me enseñaste aquello de “hacerse como niños” si queremos
encontrar el Reino cuando te doblabas la oreja, tocabas el violín con los
pelos de tu barba, hacías de tu nariz una orquesta, recortabas un
monigote de una servilleta de papel, chocabas tu panza “poderosa”
sobre la hilera de niños, atravesabas el aire con tu “zapato
volador”, o te convertías en potro salvaje montado por los atrevidos niños.
Y esto un día y otro, desde la madrugada hasta la media noche, con ganas
o sin ganas… Y esto un año y otro… hasta el final.
Me enseñaste que la primera obediencia es siempre a la conciencia.
Me enseñaste a buscar dinero constantemente, con fiebre, al mismo
tiempo vivir desprendido, libre el corazón, cuando lo quemabas o lo
regalabas con facilidad.
Me enseñaste que la dignidad sacerdotal huele a calle, a sudor, va
con andrajos o descalza. Me enseñaste que el pastor huele a oveja.
Me enseñaste teatralmente que rezar es el grito del niño en
brazos de su madre o el ladrido del perro que espera las migas que caen de
la mano del Amo.
Me enseñaste que hoy es posible y necesario repetir los pasos de
Calasanz: recoger los niños de la calle que ninguna institución quiera
recibir y hacerse cargo de ellos, enseñándoles piedad y letras.
Me enseñaste lo que es estar disponible para el Reino las 24 horas
del día. Y aquello de que “quien pierda su vida la encontrará”
viendo el final de tus días.
Me enseñaste con tu vida que la fidelidad al Evangelio no se
confunde con el equilibrio psíquico. Mi madre acertadamente me llamó
siempre “el loco de Dios”.
Me enseñaste que el seguimiento generoso de Jesús sana poco a
poco nuestros desequilibrios… Me enseñaste con tu vida y la acción de
Dios en ti aquello de la dialéctica entre “naturaleza y gracia”.
Me enseñaste que ciertamente vivimos en los tiempos del Espíritu
Santo, la fuerza de Dios que atraviesa nuestra debilidad y obra en
nosotros y con nosotros hace maravillas, sorpresas, es decir, milagros.
Me enseñaste no tanto a dar sino a pedir la bendición de los
enfermos, de los ancianos, de los niños, de aquellos que tienen las
llaves del Reino.
Me enseñaste a entender y a defender el primer derecho humano,
“el derecho a ser concebido con amor”.
Me enseñaste…
Ahora Chincha, que ya estás abrazado al Padre, a Jesús, a María,
a Calasanz, a tus padres y al Pancho, a tantos niños de la calle
excluidos de este mundo por el egoísmo nuestro, pídele a Dios que todo
esto que me enseñaste, y fue tantísimo… algo aprenda.
Gracias Chincha, maestro excepcional, hijo fiel de Calasanz,
hermano y ahora definitivamente “mi buen valedor”.
Pepe
Segalés, Sch.P.
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