Pepe Segales

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

Gracias Padre por el paso del Chincha en mi vida.

Gracias Chincha porque me enseñaste con tu vida páginas bellas y difíciles del Evangelio…

         Me enseñaste que Dios me quiere tal como soy, a pesar de mis defectos, porque tú seguías queriendo  tus muchachos de la calle, a pesar de que continuaban con su mala conducta. Creías de verdad en la dignidad de la persona.

         Me enseñaste que Dios confía en mí, a pesar de mis reiteradas infidelidades porque tú seguías confiando los dineros a los niños que te mentían y robaban.

         Me enseñaste que la pedagogía tiene que ver con aquello de San Pablo: “el amor perdona sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites”.

         Me enseñaste que sólo hay una pedagogía… la pedagogía de Jesús, la pedagogía del Evangelio.

         Me enseñaste que la pedagogía no es tanto integrar a la sociedad “que es una mierda”, como decías, sino ayudar a los niños a ser generosos y valientes.

         Me enseñaste que a Dios se le puede hablar como lo hacemos con los amigos, con mezcla de ternura y groserías, porque así le hablabas a Dios.

         Me enseñaste que a Dios se le reza en todas partes y de todas las maneras porque te vi agarrado del sagrario hablándole quedito a Jesús o de rodillas y a gritos en un parque transitado de gente.

         Me enseñaste a confiar en la Providencia de Dios que mira por las flores y los pajaritos y más todavía por los niños, porque diario iniciaba la Obra en números rojos y diario durante 25 años los niños comieron y la Obra se expandió.

         Me enseñaste que siempre se está a tiempo para renacer de nuevo, a pesar de la tiniebla del pasado, porque fui testimonio de tantos “partos psíquicos” y procesos de “yoización”, es decir, de muchachos de triste pasado que cambiaban radicalmente y se hacían personas.

         Me enseñaste que Dios es muy cercano a cada quien porque cuando rezabas casi lo hacías presente con tu mirada, con tu gesto y el tono de tu palabra.

         Me enseñaste la presencia real de Jesús en la Eucaristía por la manera cómo mirabas y hablabas al pan y al vino consagrados.

         Me enseñaste a entender aquello “de cargar los pecados del mundo”, aquello de  “ser víctima de explotación”, aquello de “completar lo que falta a la pasión de Jesús” cuando te quemabas o azotabas o te dejabas escupir la cara.

         Me enseñaste con tu risa sonora y tus malos chistes en momentos duros de tu vida que “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta” y que no hay pedagogía sin amor y no hay amor sin humor.

Me enseñaste que el Evangelio es el anuncio de un “Dios te ama”, repetido mil veces con mil registros de ternura y al mismo tiempo es la denuncia, un grito espeluznante, una terrible maldición sobre aquellos que dan mal ejemplo a los pequeños y sobre aquellos que perpetúan la injusticia en la tierra.

Me enseñaste lo que es la ira de Dios, la santa ira, cuando gritabas a quienes pervertían a los más pequeños.

 

Me enseñaste la libertad de los hijos de Dios por tu manera de vestir, de hablar, de escribir, de relacionarte con unos y otros, con los de arriba y con los de abajo. Me enseñaste la verdadera libertad cuando gritabas con los presos: ¡iexci; soy libre!

         Me enseñaste a mirar el corazón de las personas, no de sus apariencias, ni títulos, ni dinero, ni cargos… no si están tomados o drogados o ejercen “malas profesiones”. Me enseñaste a respetar la persona.

         Me enseñaste aquello de que las prostitutas irán delante en el Reino cuando nos hacías descubrir el diamante escondido bajo el excremento de la vaca. Basta leer tu libro “Mis siete amadas mujeres públicas”.

         Me enseñaste a perdonar cuando te escuchaba hablar y veía cómo tratabas a las personas que a tu parecer habían intentado destruir la Obra. Y no había ni pizca de rencor en palabras y gestos.

         Me enseñaste aquello de “hacerse como niños” si queremos encontrar el Reino cuando te doblabas la oreja, tocabas el violín con los pelos de tu barba, hacías de tu nariz una orquesta, recortabas un monigote de una servilleta de papel, chocabas tu panza “poderosa” sobre la hilera de niños, atravesabas el aire con tu “zapato volador”, o te convertías en potro salvaje montado por los atrevidos niños. Y esto un día y otro, desde la madrugada hasta la media noche, con ganas o sin ganas… Y esto un año y otro… hasta el final.

         Me enseñaste que la primera obediencia es siempre a la conciencia.

         Me enseñaste a buscar dinero constantemente, con fiebre, al mismo tiempo vivir desprendido, libre el corazón, cuando lo quemabas o lo regalabas con facilidad.

         Me enseñaste que la dignidad sacerdotal huele a calle, a sudor, va con andrajos o descalza. Me enseñaste que el pastor huele a oveja.

         Me enseñaste teatralmente que rezar es el grito del niño en brazos de su madre o el ladrido del perro que espera las migas que caen de la mano del Amo.

         Me enseñaste que hoy es posible y necesario repetir los pasos de Calasanz: recoger los niños de la calle que ninguna institución quiera recibir y hacerse cargo de ellos, enseñándoles piedad y letras.

         Me enseñaste lo que es estar disponible para el Reino las 24 horas del día. Y aquello de que “quien pierda su vida la encontrará” viendo el final de tus días.

         Me enseñaste con tu vida que la fidelidad al Evangelio no se confunde con el equilibrio psíquico. Mi madre acertadamente me llamó siempre “el loco de Dios”.

         Me enseñaste que el seguimiento generoso de Jesús sana poco a poco nuestros desequilibrios… Me enseñaste con tu vida y la acción de Dios en ti aquello de la dialéctica entre “naturaleza y gracia”.

         Me enseñaste que ciertamente vivimos en los tiempos del Espíritu Santo, la fuerza de Dios que atraviesa nuestra debilidad y obra en nosotros y con nosotros hace maravillas, sorpresas, es decir, milagros.

         Me enseñaste no tanto a dar sino a pedir la bendición de los enfermos, de los ancianos, de los niños, de aquellos que tienen las llaves del Reino.

         Me enseñaste a entender y a defender el primer derecho humano, “el derecho a ser concebido con amor”.

         Me enseñaste…

         Ahora Chincha, que ya estás abrazado al Padre, a Jesús, a María, a Calasanz, a tus padres y al Pancho, a tantos niños de la calle excluidos de este mundo por el egoísmo nuestro, pídele a Dios que todo esto que me enseñaste, y fue tantísimo… algo aprenda.

         Gracias Chincha, maestro excepcional, hijo fiel de Calasanz, hermano y ahora definitivamente “mi buen valedor”.

Pepe Segalés, Sch.P.

 

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