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“Era un mendigo que derrochaba…” Esta expresión la encontré en un escrito de Leopoldo Zea, en el periódico Excelsior, en torno a la muerte del Chincha hace años. En ella el escritor expresaba la peculiar manera de vivir la fe del hombre que hoy, de alguna u otra manera, nos remite al tema que hemos reflexionado. Decía que era un hombre que vivía externamente lo que primero vivía internamente. Su espiritualidad era el reflejo de su vida interior, de la paz y la alegría que solo podía encontrar en la quietud de su alma, de las horas de plenitud que gastaba en hablar con Dios a su manera… Era un mendigo que derrochaba; derrochaba sí, de un modo tal, que el hacedor del cielo, el Dios que le inspiraba se mostraba vivo en cada una de sus acciones y sus locuras, como aquella en la que solía llegar en día de reyes con todos los regalos que le pedían, sin importar el costo o la deuda contraída. Su Dios tenía rostro, y era un rostro concreto, no de libro, era el rostro de sus hijos, el de sus pobres de la calle… En ellos, toda una vida se volvió alabanza, y todo encuentro abrazo eterno, de Padre e hijo, de hijo y Padre.
Era un mendigo que moría de amor y por amor moría cada día. Su mendicidad no perseguía el triunfalismo o el aplauso, el reconocimiento, aunque se daban. El valor de su mendicidad sólo radicaba en cada uno de los que rescataba, en cada uno que era capaz de dejar el “chemo” y la “calle”, en cada uno de sus hijos que sabían reconocer la dignidad que llevaban por dentro y que les permitía vivir la libertad de los hijos de Dios; en cada uno que cambiaba la “mentada de madre” por un te quiero, y la rebeldía con bandera equivocada por una revolución de la persona con causa suprema. Por eso era rico, porque acumulaba en su corazón un tesoro precioso con rostro de niño callejero y trapos sucios como vestido. Por eso derrochaba, porque era rico, y la riqueza que compartía conducía a la libertad plena, a aquella que conduce a la completa alegría porque no ata a nada, ni tiene miedo a que alguien pueda robarla, a la que permite vivir en medio de los niños una gracia, un cielo entre la tierra, a un encuentro con Cristo crucificado en cada pobre, en cada niño, en cada hermano. Por eso afirmaba: el Dios personal se encuentra en el otro. Cuando los ojos de tu alma vean en el otro una persona con la misma dignidad y gracia que tú; cuando entendamos que el dolor de los pobres, el dolor de Dios y el nuestro son en esencia la misma cosa, único e indivisible, sabremos quién es y dónde está Dios; entonces podremos vivir en espíritu y verdad. Querido amigo: abandónate al cielo que Dios ha puesto entre tus manos, tus manos y pies cansados, y goza la presencia de su Hijo en medio de tu vida. Y si sientes que no puedes, si de lo profundo de tu corazón solo sale desconcierto, si no sabes que hacer, clama al Padre, grítale fuerte, como el Chincha, que siempre le decía: “son tus hijos, soy tu hijo, ÁMANOS”. La pobreza no tiene sentido en sí misma sino en la riqueza que trae consigo para el bien de nuestra alma y la de nuestro prójimo, sea rico o pobre. “Su herencia es un fuego vivo que nos obliga, no sólo al trabajo, sino a la fidelidad espiritual, para poder mirar, hablar, acercarnos y elevar al niño callejero como él lo hizo “en Cristo, por Cristo y para Cristo”.
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