Su dolor era su dolor

 

Pepe Segales Reyes Muñoz Reyes Muñoz 1er. Artículo Reyes Muñoz 2do. Artículo Reyes Muñoz 3er. Artículo Dialogar es amar Cuando el Chincha hablaba de Dios Su dolor era su dolor Cuando un hombre muere

Su dolor era su dolor

No es fácil entender la existencia del dolor y el sufrimiento en el mundo. Si hay algo que cuestionaba mucho al Chincha y le dolía hasta el extremo, era la herida profunda ocasionada a un niño o a un joven de la calle por el desamor. Toda la fortaleza que representaba el Chincha, su rudeza, se convertía en debilidad al ver el sufrimiento de sus chavos. Si algo le dolía en el alma era el dolor de sus hijos, el llegar a una de sus casas y recibir la noticia de que se había ido, o se había vuelto a drogar, o había vuelto a robar, a pegar o ha ofender, ofendiéndose y lastimándose así mismo por todo esto. Porque en el fondo el Chincha sabía que ese acto no correspondía sino a una herida difícil de cerrar, y que lo que realmente estaba buscando el chavo era un sustituto del amor ausente, el coraje reprimido y guardado en el inconsciente por varios años, del olvido y el abandono de quién se suponía que debía amarlo, de un acto agresivo que lo había transformado en una etapa temprana de su vida en un ser que sólo podía verse como algo horrendo. ¡¿Cómo superar una violación?! ¡¿Cómo superar las agresiones, vejaciones y golpes recibidos?! ¡¿Cómo se cura el desamor, el hambre, la soledad, el olvido, los chingadazos recibidos?! 

Para el Chincha era muy comprensible que un chavo de la calle fuera grosero, agresivo, que no se bañara, que oliera mal, que caminara drogado, que comiera con las manos sucias, que no tuviera hábitos o metas altas en la vida. La respuesta del niño sólo correspondía a su manera de vivir, a su manera de existir. La calle era el único lugar que no le gritaba, que no lo ofendía; en la calle había otros chavos como él, otros iguales que habían sufrido la misma suerte; unidos por el dolor y el hambre, por el abandono y la soledad, por el rechazo y el desamor, encontraban cobijo sus hijos en las coladeras, en los baldíos, en las esquinas, en los metros, en las paradas de autobús,... En la calle el chavo olía igual a otros, y éstos, si se acercaban, si extendían la mano para compartir la comida y la droga, aunque también compartían sus heridas, las cuales hacían más grande las que ya traían. 

Quien diga que el Chincha no sufría, que sólo buscaba el reconocimiento público, o satisfacer su propio ego, no lo conoció. En la memoria de muchos está la imagen de un  hombre desarreglado, pero también tenía desarreglada el alma a causa de las penas de los suyos; para muchos era el estrafalario que decía y hacía un sin fin de ocurrencias socialmente poco aceptables, pero muchas de ellas las dijo e hizo llevando el dolor a cuestas, superando la propia incomprensión de sus interlocutores. Para muchos la vida del Chincha estaba acompañada de derroche y presunción, pero en el fondo pocos sabían de sus deudas, y pocos se preocuparon por ayudarle a resolverlas o a esforzarse por entender el por qué procedía de tal manera: en el fondo estaba convencido en   darles a sus hijos a manos llenas lo que nunca habían recibido en alimento, regalos, bienes, pero sobre todo amor y cariño. Él Chincha estaba convencido que el amor abstracto, el que se piensa, no es amor. Para él el amor era un acto, un detalle, un gesto, al modo en como el hombre experimenta el amor en esta tierra al nacer… 

‘Cuando un bebé amado viene al mundo, sus padre los esperan, compran los regalos anticipadamente, buscan llenar de detalles la casa, constantemente hablan de él, piensan en su nombre. El niño abandonado, por su parte, es el no esperado, el no querido, ningún detalle acompaña su nacimiento, sólo el reproche, la violencia, el enojo, el grito, la droga, el alcohol; no hay ningún regalo, ni un detalle, ni un gesto de amor evidente. El bebé amado, en cambio,  llora y la mamá y el papá que lo aman corren a ver que tiene, lo cubren de caricias y besos, padecen sus dolores en carne propia. El niño de la calle también llora, pero es un bebé adulto, el hace lo que ha aprendido a hacer, se va a la calle y nadie corre a su encuentro, nadie  quiere saber que le pasa, al contrario, lo llaman malagradecido, lo insultan, nadie lo baña, está mugroso, gime y nadie atiende su dolor, lo llaman ‘muerto de hambre’, pero no saben que él está muerto por falta de amor. Él Chincha sufría, porque conocía esta herida profunda. 

Para curarla, el Chincha inventó muchas cosas. Aprendió a hacer el ridículo, si bien no le costó demasiado debido a su personalidad, pero también se ruborizaba; aprendió a abandonarse de sí mismo, hasta en lo externo, vistiendo como uno de ellos (todos lo vimos con la ropa sucia y su personalidad desarreglada, el lazo que tenía por cinturón, la camisa sin botones, los zapatos sin agujetas), y todos sabemos que era de buena familia, con todas las comodidades; aprendió a lidiar con las autoridades mexicanas, lo que le costó amenazas, madrazos y persecuciones; aprendió a amar en el dolor y en la incomprensión, no sólo de la gente que nada tenía que ver con él, sino de algunos miembros de su misma familia religiosa escolapia, que no en más de una ocasión caminó por rumbos diferentes e interpretó la obra del Chincha como un carisma personal, no institucional, pero que  siempre vivió a la sombra de sus ‘glorias’. Aprendió en fin, a ser mexicano sin serlo, a alburear sin comprender el significado exacto de algunas palabras; aprendió a amar en medio del conflicto que el mismo provocaba con su testimonio de vida. Pero sobre todo, como él mismo lo dijo un día, "aprendió a escuchar la voz de Dios sobre todas las cosas".  

En una tarde que estábamos en la casa Provincial, el Chincha se presentó y exclamó: "Padre Provincial (Superior), yo soy el más obediente de sus religiosos". Los presentes, no pudimos reprimir unas risas ocultas y burlonas. El Chincha si algo tenía es que no obedecía a nadie. No tenía horario, ni regla alguna, era un hombre sin ley, libre de tiempo y espacio. Vivía fuera de la casa, se presentaba cuando quería, no informaba, iba y venía sin comunicarle a nadie. Téngase presente -para nuestros lectores no religiosos- que la obediencia es una norma de vida que los religiosos profesan, aceptan libremente, por lo que un religioso debe cumplir ciertos principios institucionales. El Chincha era todo, menos obediente en sentido religioso institucional. Guardaba los mínimos esenciales, eso sí. Tenía muy claro el concepto de autoridad y pertenencia a la Iglesia y a su instituto religioso escolapio al cual amaba y nunca se desprendió de él. En este marco de ideas, el Padre Provincial le pregunta: "Chincha, ¿cómo dices que eres el más obediente? El Chincha responde: "Yo obedezco la voz de Dios. Soy el más obediente de sus religiosos". Desaparecieron –entonces- las risas, y ahora él, sonrío. Al ver nuestras caras, estalló en una carcajada, sus gestos fueron de una tremenda alegría, que reflejaban al mismo tiempo, una profunda paz interior. Obedecía a Dios. Y Dios le pedía amar, amar a sus niños, a los de la calle, a los olvidados, a los faltos de amor... 

Tanto quiso comprender el Chincha el dolor de sus chavos, que él mismo se propicio el dolor que ellos sufrían. Pidió ser encarcelado en el tutelar de menores en la Ciudad de México, para experimentar lo que vivían, y lo logró. Estuvo preso por opción. Se fue a vivir a los lugares en que ellos vivían, enfermándose de liendres, piojos, enfermedades gastrointestinales y de la piel. En los últimos años de su vida padeció neumonía por abandonarse al frío y por dormir mojado bajo la lluvia... Él quería comprender el dolor para curar la herida; quería arrancar cada maltrato, cada ofensa, cada grito, cada angustia, cada insulto, cada sentimiento amargo, cada golpe, cada palabra de odio, cada gesto inhumano, para otorgar el amor. Por eso reía, cantaba, bailaba, gritaba, actuaba, jugaba, saltaba, corría desenfrenadamente en medio de sus chavos, para mostrarles el camino de la felicidad, del amor y la esperanza. Por eso sus casas tenían como exigencia máxima un ambiente de armonía donde se respirara paz y no problemas innecesarios.  

Muchos educadores apostaban  a la disciplina y al orden, a la formación en hábitos y valores conductuales a la manera de las normas sociales, pero el Chincha llegaba y todo lo descomponía; era el primero que desarreglaba todo, mandaba a la chingada a educadores y representantes del Estado o algún familiar hipócritamente arrepentido que sólo querían reprimir y someter a los chavos, tomaba a sus hijos e hijas y se iba al primer lugar a donde se le ocurriera sin tener en cuenta el costo, porque él le apostaba al amor, no al dinero. El Chincha sabía que un hombre que se siente amado es un hombre plenamente feliz, y quien es feliz, cura toda herida, y ejerce una de las virtudes más hermosas para sí mismo: el perdón. Y el Chincha lo sabía porque era amado profundamente por Dios, y porque conoció el amor desde su niñez. 

El niño de la calle piensa que todo lo hizo mal, que es su culpa, porque no conoce el amor. Pero es inocente; sólo necesita aprender a amarse. Cuando lo haga dejará de sufrir, por lo que no buscará ya lastimarse, sino ser feliz, estar bien.  

La herida de sus chavos le llevó a hacer cosas extremas, fuera de la realidad pedagógica ‘normal’. Un cierto día llegó el Chincha a casa. Llevaba consigo una pierna de pavo que había comprado en una rosticería. Se sentó en el comedor y comenzó a devorarla que daba gusto. En sus prolongadas barbas quedaban los residuos de comida. Al levantar la pierna de pavo, se notó en su brazo unas manchas negras, cicatrices. Se había quemado con el puro, como otras veces. Su mística: dolerse por el dolor de sus chavos. “Así me dueles”, les decía, una y otra vez, hasta que el chavo le respondía: “ya no te lastimes, no lo vuelvo hacer”. Él se propiciaba dolor para enseñar el dolor que causa una herida por amor. No lo comprendimos, lo juzgamos. Creíamos que sus métodos eran primitivos. Pero, así como el amor que se piensa no es amor, el dolor que se piensa –abstracto- no es dolor; el dolor que se explica, pero no se siente, es pura retórica; el dolor duele, lastima. El quería cargar con el dolor de sus hijos lastimándose así mismo.  

Por tal razón, no sólo se quemaba los brazos, también se golpeaba la espalda con el cinturón. Quería sufrir para liberar, para entender, para saber amar al niño que tenía en frente. El niño se veía reflejado en él. Él era el Chincha, el Chincha era él. El niño rehacía su historia de dolor en el dolor del Chincha, gritaba, gemía, lloraba, se mordía las manos en señal de impotencia, hasta que no pudiendo aguantar más, le quitaba el puro, le quitaba el cinturón, le decía “ya no te lastimes, me dueles”. Entonces el Chincha le mostraba el camino de la liberación: "tú no eres culpable de que no te amaran, de que te pegaran, de que abusaran de ti, de que te dejaran sin comer, de que te fueras a la calle, de que te drogaras,…, eras un niño indefenso, inocente. Tú eres pura inocencia ".  

Y se abrazaban y fundían en una muestra de amor que era puro detalle, no palabra, sólo amor, gesto… El mejor regalo que un hombre puede hacerse así mismo es sanar sus heridas mediante el amor y el perdón. 

Reyes Muñoz Tónix. SchP.

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